En su taller de Concepción, rodeado de troncas brutas y herramientas gastadas por el tiempo, Fidel Casanova Rivero abre su historia a Nueva Presencia. Es uno de los últimos maestros talladores de horcones misionales que participaron en la construcción de la Catedral Inmaculada Concepción. Esta es la crónica de un oficio duro y fino, de una madera casi eterna y de un legado que lucha por no desaparecer.
“Estamos sentados sobre la materia prima”
El taller de don Fidel no necesita rótulos. Basta cruzar el umbral para entender que allí el tiempo se mide en virutas y golpes de herramienta. “Estamos sentados sobre la materia prima”, dice mientras palmea una tronca recién llegada del monte. “Así viene bruta, con toda la cáscara y el zámago… y el corazón en el centro”.
Tiene el hablar pausado de quien ha repetido los mismos gestos durante décadas. A los 42 años de oficio, el cuerpo le responde todavía. “Bien nomás, como siempre, pues trabajando”, responde con naturalidad. Para él, trabajar no es una obligación: es una forma de estar vivo.
La madera que ya no hay
El Cuchi, madera dura, especial para columnas— casi ha desaparecido de la zona. “Por acá ya no hay”, aclara. Las troncas que hoy trabaja llegaron desde San Antonio de Lomerío. “Todavía queda, pero cuesta mucho sacar. Me tardó una semana para sacar cuatro troncas”.
Cada tronco es una conquista. Cada columna, una pequeña victoria contra el olvido.
El trabajo continúa
La demanda no se ha detenido del todo. “La semana pasada entregué siete columnas de cuatro metros”, cuenta. El destino es claro: las misiones. “Siempre yo he hecho ese trabajo”. Para el próximo año hay expectativas: un nuevo encargo en Montero. “Ojalá que haya trabajo, porque puedo todavía, ya que estoy vivo”.
No es una frase menor. Es una declaración de resistencia.